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Jan 1 1900 12:00AM
DERECHOS HUMANOS

RELATOS DE VICTORIAS Y DERROTAS


 

Por Silvina Molina

 

Rossana Nofal es Doctora en Letras e Investigadora del CONICET. Vive en Tucumán, provincia que en su infancia recibía a sus visitantes con el mensaje: “Tucumán, cuna de la independencia y sepulcro de la subversión”. Es el espacio geográfico donde se organizaron los grupos guerrilleros Fuerzas Armadas Revolucionarias  y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Donde se inició el Operativo Independencia, momento inicial de la represión dictatorial. Residencia del represor Antonio Domingo Bussi que se ocupo –entre tantas cosas- de crear 12 de los 14 campos de concentración que hubo en la provincia. Durante su gobernación de facto, las desapariciones se incrementaron: de 106 en el año 1976, llegaron a 400. En democracia, Bussi es elegido diputado, senador, gobernador e intendente, a pesar de estar acusado de la desaparición de 800 personas.

 

Este es el contexto donde Nofal se crió y vive y desde donde escribió La escritura testimonial en América latina. Imaginarios revolucionarios del sur, 1970-1990. En el año 2003 recibió el Premio “Bernardo Houssay a la Investigación Científica y Tecnológica de la Nación”, categoría Investigador Joven. Es profesora en la Universidad Nacional de Tucumán y miembro del Núcleo de Estudios sobre Memoria del Instituto de Desarrollo Económico y Social con sede en Buenos Aires, coordinado por la Doctora Elizabeth Jelin.  En su provincia, organiza talleres de literatura para chicos y coordina el Grupo Creativo Mandrágora.

Con Periodismo Social profundiza en esta nota sobre la memoria “es un deber, una necesidad jurídica, moral y política; el testimonio es su modo narrativo” dice. Y se explaya sobre los distintos libros que se escribieron a partir de 1983 para contar los años del miedo, la lucha armada, la muerte. La influencia de Walsh y de Sábato. La condena a Firmenich. La infancia reconocida como el punto límite para la elección de la militancia.

Y su experiencia en los talleres literarios para niños porque “creemos que del golpe a los libros no nos hemos repuesto”.

 -Usted habla de tres etapas bastante marcadas en la literatura argentina para “contar” la dictadura. ¿Cuáles son esas etapas y cómo definiría a cada una?

-Los testimonios publicados en Argentina desde el ‘83 hasta mediados de los años ‘90 aproximadamente, se inician con la pregunta sobre la identidad de las víctimas de la represión como sujetos desaparecidos. Un discurso fundacional del concepto es la definición de Videla, publicada en Clarín, el 14 de diciembre de 1979. “Le diré que frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita. Si reapareciera tendría un tratamiento equis. Pero si la desaparición se convirtiera en certeza, su fallecimiento tiene otro tratamiento- Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene identidad: no está muerto ni vivo”. La figura del desaparecido es la de un querellante que se ve despojado de los medios para argumentar su defensa y por ello se convierte en víctima de una sinrazón; el enunciado de la épica se construye desde un héroe torturado que sobrevive al mal y lucha en su contra. El relato hegemónico de este período es sin duda el libro de Miguel Bonasso, Recuerdo de la muerte. Se trata del primer libro que nombra los centros clandestinos de la Esma y Funes y construye  los testimonios de los sobrevivientes, incluso antes de sus palabras directas. Sin duda Bonasso funda un género particular de la literatura argentina: la novela testimonial, fórmula en la que conviven la ficción y el testimonio con gestos dudosos y contradictorios. El libro ilumina además la figura del militante montonero y sus memorias ocupan la totalidad del campo escriturario.

Las producciones testimoniales posteriores a la colección La voluntad de Anguita y Caparrós de 1995 iluminan el lugar del sobreviviente en tanto militante. En los 2000, aparecen las variables de la guerra, los ejércitos y sus soldados. Con los testimonios sobre las acciones de la contrainsurgencia, a partir de la publicación de El tren de la victoria de Cristina Zuker (2003) y fundamentalmente con la aparición de Fuimos soldados de Marcelo Larraquy (2006), el género cambia sus preguntas fundacionales y sus autores se permiten la escritura de las memorias subterráneas referidas a las acciones armadas.

 -¿Qué géneros literarios predominaron en los relatos?

-Los relatos pertenecen al género testimonial, en tanto modo particular de la escritura en la que se inscriben las memorias del pasado dictatorial y también las luchas por las identidades de ese pasado. La memoria es un deber, una necesidad jurídica, moral y política; el testimonio es su modo narrativo Las palabras militancia, miedo, armas, muerte, atraviesan el canon del género al que le puse una fecha de nacimiento y un documento de identidad: la “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” de Rodolfo Walsh. Al día siguiente del envío, un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada trata de secuestrarlo. Walsh se resiste y lo matan; este momento de constitución nos provoca pensar una imagen del guerrero como víctima y como hombre y la construcción de una causa colectiva. El relato maestro que da las claves de esta interpretación es la narración que asegura que el militante no sobrevive: resiste o muere en el campo de batalla.

En mis trabajos anteriores identifiqué tres elementos constitutivos: la pertenencia a los géneros primarios marcados por la oralidad inicial de la entrevista; la posibilidad de plantear imágenes históricas totalizadoras y una tipología marcada por su condición de testimonio canónico o testimonio letrado de acuerdo a la identidad de los informantes. Postulé además que el género se inscribe desde la derrota más que desde la resistencia y en cuanto a los sujetos del testimonio afirmé que podían presentarse como memorias de  víctimas absolutas o como militantes. En una búsqueda constante por avanzar en la constitución de ese cuerpo, pienso que el testimonio debe leerse como un sistema particular de escritura dentro de la literatura argentina. Abrir las cadenas del género e incorporar los problemas y las luchas por la memoria y sus temas: la guerra y el delito del estado. Camino por la delgada línea dejada por la polémica teoría de los dos demonios instaurada, de una vez y para siempre, en el prólogo del Nunca Más escrito por Ernesto Sábato.

-¿Ocupa el género periodístico un rol central?

-Me parece que el periodismo es un punto de partida, pero creo que el momento inicial de las tensiones del testimonio es siempre una entrevista, un diálogo entre dos posiciones bajo un manto de aparente cortesía. En ese encuentro se disputa, fundamentalmente, el espacio autorial

 -¿Por qué cree que predomina el género testimonial?

-La memoria es un deber, una necesidad jurídica, moral y política; el testimonio es su modo narrativo. Me parece que el testimonio está emparentado con una larga tradición latinoamericana, con la voluntad de escribir una “narración de urgencia”. Aprender a escuchar a los subalternos es un imperativo ético del género testimonio; leer los discursos de la insurgencia fuera de los textos que los generaron significa silenciarlos. Los hábitos interpretativos del género tienen los primeros gestos antropológicos en Miguel Barnet,  y encubren una forma  de violación de los mensajes primigenios moviéndose desde un contexto social a otro. Los interpretantes no reconocen sus incompetencias para relatar los restos de sus traducciones asimétricas; con la constitución del género testimonio esa misma escena cobra otras significaciones y se disminuye el volumen sobre los discursos dominantes, aunque algunas voces, como las del lugar de autor, siguen sonando aún desproporcionadas (Barnet y Burgos Debray). Hoy, el género está entrenado en un acercamiento más agresivo que explora, interpreta, asocia libremente, enfatiza.  

-¿Cómo, cuando y qué implicó romper el tabú y relatar la lucha armada?

-Creo que para romper el tabú de la lucha armada tuvimos, primero, que construir un contradiscurso a la teoría de los dos demonios, un fantasma fundacional del género. En este sentido, el debate, desde mi punto de vista, se abre con la publicación del libro Mujeres guerrilleras de Marta Diana en 1996. El hueco más inquietante del libro es el silencio sobre las armas; ninguna de las mujeres entrevistadas habla de su participación activa en la lucha armada, sin embargo, el libro me parece importante en tanto instala la discusión sobre la opción por la violencia de las organizaciones guerrilleras en los ’70, desde una mirada a los espacios privados.

-¿Cómo evolucionó el concepto  “desaparecido” en las narraciones?

-No me parece que se pueda hablar de una “evolución” del concepto, creo que indudablemente las preguntas cambian; en un primer momento no se podía hablar de militancias y los argumentos para la defensa de las víctimas estaban emparentados con una narrativa humanitaria. En este sentido, la película de Isidoro Blaustein Cazadores de Utopías, estrenada en 1996, a pocos días del 20º aniversario del golpe instala el debate público sobre la militancia armada de los años ’70, en particular sobre la organización Montoneros.

 -¿Hay un discurso de la victoria y uno de la derrota?

-El campo de los relatos testimoniales se organiza  en dos grandes grupos: el discurso narrativo de la victoria y el discurso narrativo de la derrota. Se trata del anverso y el reverso de una misma tonalidad en la que todos los sujetos se representan como héroes. El destino admite sólo dos representaciones: el triunfo o la caída, vencer o morir. Pertenecen también a este grupo los relatos que dan cuenta de una resistencia a la tortura sin quiebres, sin fracturas. Al tiempo de la derrota le sigue el tiempo de la espera por una victoria, que aunque lejana, está aún por llegar. El tono de estos relatos es el de las consignas de una historia militante, los protagonistas se organizan alrededor de un conjunto de oposiciones simples: los de arriba y los de abajo, el pueblo y el régimen, el pueblo y la oligarquía, los ricos y los pobres, los burgueses y los obreros, el ejército nacional y el ejército popular.

Los “otros” de estos héroes son los traidores: los que no respondieron al modelo. Son los hombres invertidos frente a los mandatos de la ética militante modelada, fundamentalmente en los discursos del Che Guevara. Esta matriz organiza el sistema de valores que definen el horizonte desde donde se reconstruye el pasado. Pero, el elenco de protagonistas se altera cuando el sobreviviente acusado de traición, toma la palabra y sitúa su relato en la sinfonía de los grises. Estoy hablando del desplazamiento paradojal de los Pájaros sin luz de  Noemí Ciollaro, donde no es posible pensar en contrastes, donde lo tenue se inscribe como explicación ideológica de un relato de memoria. Se trata entonces de la emergencia del discurso narrativo del fracaso, pensado como la sombra de los anteriores en disputa por un espacio de representación. Un sujeto fisurado y atravesado por múltiples contradicciones construye un discurso hostil frente a las narrativas heroicas.

 

-El libro de Alicia Partnoy “La escuelita. Relatos testimoniales” se utilizó como prueba en los Juicios por la Verdad ¿Qué aportó?

-No puedo responder en términos de valor jurídico. Lo que me parece que el libro aportó es una idea de testimonio emparentado con el arte, la posibilidad de pensar un libro objeto, un libro álbum en el que las ilustraciones funcionan como un relato metafórico que potencia los alcances de la palabra escrita. Heredero de esta voluntad artística de pensar el realismo del testimonio como una ficción de memoria, me parece, es el libro de Albertina Carri, Los rubios, cartografía de una película.

 -Mario Firmenich está presente en varios libros ¿De que manera?

-A partir de la incorporación de las narrativas de la guerra y el delito de estado permite incluir en el debate constitutivo del género la militarización de lo político y sus complejidades. Son los libros de Cristina Zuker El tren de la victoria (2003), de José Amorín, La buena historia (2005) y de Marcelo Larraquy Fuimos soldados (2006). Los tres libros comparten la acusación de irresponsabilidad contra Firmenich en términos más o menos objetivos, más o menos documentados. Si entendemos los testimonios como parte de la literatura de bandidos, él representa el lado malo, la zona más baja. Su representación contrapone los valores morales que definen a los justicieros. Es el mal dirigente a cargo de jóvenes bienintencionados. “Un frío y estúpido estratega” como lo define Pilar Calveiro (2005:121), “un Firmenich de fluida labia pero carente de formación teórica y de experiencia política” (Amorín: 2005, 239). Sobre su figura se construyen los fantasmas de la traición y la necedad, indistintamente. Autor del destino trágico “de muchos pibes alucinados” (271) es uno de los principales culpables de la muerte. Su mayor condena es la de no haber ordenado la retirada y organizar el regreso en las operaciones de contrainsurgencia del ’79. Los autores, nuevos justicieros y herederos de la palabra heroica, están escribiendo en nombre de los muertos, para que puedan, nuevamente, hablar por sí mismos.

 -El testimonio de Silvia Tolchinsky “…nos obliga a esperar un nuevo pacto entre los escritores del testimonio y sus informantes” dice usted. ¿Por qué?

-La emergencia de la voz de los sobrevivientes incorpora en la serie un nuevo gesto contrario que perturba la tradición testimonial. La palabra de Silvia Tolchisnky en los testimonios de los soldados alcanza su formulación más extrema. No puede ser escuchada dentro de los círculos familiares; los conocidos la desconocen y la sospechan. Se trata de la diferencia más extrema, de la posición que tensa al máximo las representaciones heroicas dominantes.

 

Nofal explica en “Partes de Guerra: la literatura testimonial argentina” que Silvia Tolchinsky fue liberada tras permanecer dos años desaparecida en el campo de concentración que funcionaba tras los muros de Campo de Mayo llamado “El campito” Su declaración constituye la columna vertebral de la causa 6859 que lleva adelante el juez federal Claudio Bonadío para dilucidar el secuestro y la desaparición de dieciocho militantes montoneros, entre ellos Ricardo Zuker. “El testimonio de Tolchinsky tuvo un efecto revulsivo para los familiares. Por un lado, ella era la única que podía acercarlos a la vida otra vez. Los había visto en cautiverio, le había hablado. Con ella sus muertes escapaban del vacío. Alcanzaban un lugar físico posible. Tenían responsables más directos. ¿Pero por qué había demorado tanto tiempo en transmitir lo que había sucedido? ¿Por qué había sido la única sobreviviente, la única excluida del lote de fusilados? Y algo más personal: ¿por qué desde el momento en que quedó en libertad decidió vivir con uno de sus captores? No había respuestas sencillas para tantas preguntas…”

 -La infancia aparece en los relatos ¿De que manera?

- En los relatos de Zuker y Amorín, por caminos distintos vuelven a un lugar ambiguo para iniciar las memorias: la infancia. Ambos señalan este tiempo como un punto límite para la elección de la militancia. El recuerdo del por qué tiene que ver con experiencias de injusticias vividas que se recuerdan como una marca que los compromete con la palabra, con la idea de justicia y de verdad. La infancia entendida como una dimensión histórica trascendental es quien da una respuesta a los interrogantes de los memoriosos. Desde ahí se explican lo motivos y razones de un presente combativo. La construcción heroica del yo vuelve a la noción de experiencia.

 

“Del golpe a los libros no nos hemos repuesto”

-Y hablando de la infancia, queremos que comparta con nosotros la experiencia de los talleres literarios para chicos.

-Los talleres son de literatura para chicos. El Grupo Creativo Mandrágora está trabajando en la provincia desde 1995; comenzó a la luz de un proyecto de extensión universitaria y a partir de allí fue creciendo y tomando nuevas figuraciones. A partir del año 2000 comenzamos armar proyectos para armar talleres literarios con chicos en situación de riesgo. Nuestra apuesta más fuerte es a la posibilidad de armar pactos de ficción, construir mundos imaginarios, cuidar la inteligencia de los chicos. Entregarles un lápiz y enseñarles que el mundo puede cambiar y que los libros tienen mucho que ver con ese cambio. En este sentido, somos memoriosos; creemos que del golpe a los libros no nos hemos repuesto. Queremos libros caros, de tapas duras y con ilustraciones maravillosas, y queremos que sean para todos. Nuestros talleres son una apuesta fuerte a la construcción de una identidad lectora, a la fantasía y al poder de la metáfora. Estamos hablando de 100 chicos por año; y en la suma de años, tenemos que hablar de los primeros lectores que hoy son nuestros talleristas.

 

-¿Cómo se transmite a los niños/as, a través de la literatura, el tema de la dictadura militar?

 -Se trasmite desde la fantasía, desde relatos que no asusten, que hablen del horror, pero que no les impidan a los chicos pensar.

-¿Las escuelas aceptan estas experiencias?

- Lamentablemente, no. Si hay que hablar del 24 de marzo se proyecta la película La noche de los lápices y se cumple con una efeméride. Todo intento de conmemoración pierde su sentido y se vacía. Cuando me preguntan esto, digo que, como dios, la memoria está en todas partes… pero atiende en Buenos Aires!

-Por favor cuéntenme alguna anécdota con los niños/as que participan de estos talleres.

-Miles, pero lo importante es que los chicos, cuando llegan a Mandrágora ya no se quieren ir. No importa su clase y el lugar en el que vivan y si están solos o viene con su mamá. Saben muy bien que ahí pasan cosas con la literatura de verdad y con los otros chicos… y esa es una aventura que no se quieren perder. Suena raro en medio de tanta campaña de promoción de la lectura, de tanto libro que se regala y no se convierte en experiencia.

 

Para seguir leyendo:

Rossana Nofal recomienda los 12 tomos de la Colección Memorias de la Represión de la editorial Siglo XXI, dirigida por Elizabeth Jelin.

Trabajos de Rossana Nofal consultados para esta nota:

Partes de guerra: la literatura testimonial argentina

Una revolución a la violeta- Sobre Las violetas del paraíso. Una historia montonera, de Sergio Pollastri

Literatura para chicos y memorias: colección de lecturas


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